Descansa en paz Dick Johnson y el cine como posibilidad.

Hace muchos años di sin querer con una película de cable. En ella un director no encontraba la manera de avanzar en su trabajo y su esposa, agobiada porque no pensaba en otra cosa lo emplazaba, «se te va la vida en esto, y aun no entiendo para qué sirve el cine». Él, más desilusionado que molesto le respondía, «porque puedo hacer creer que todo está bien mientras dure le película, incluso puedo hacer que me soportes para siempre». Nunca recordé actores, trama ni nombre, pero sí aquella frase. Desde entonces, pensé en el cine como un lugar de posibilidades, un espacio hecho de luz y tiempo donde más que para alterar la realidad de manera efímera «pasándonos películas», podíamos eternizar, por ejemplo lo que perdemos. De eso se trataba en efecto la película, de la debacle amorosa de una pareja y no tanto sobre las frustraciones profesionales de un artista. 

El cine como ámbito de promesas, anhelos y nostalgias ha existido siempre. Y así como a los amantes y los fanáticos de Casablanca siempre les quedará París, a nosotros siempre nos quedará el cine. Y gracias al cine, a Kirsten Johnson, la directora de este emotivo documental, siempre le quedará su padre.

«Descansa en paz Dick Johnson» parte por la necesidad de exponer y superar una pérdida, pero en sus albores, por lo que todavía hay tiempo de actuar y acaso reparar. Conciente del debilitamiento de salud de su padre por la demencia senil, Johnson se propuso entonces trascenderlo. Y la primera pregunta retoma lo ético. Cómo acercarse a la muerte sin el morbo, sin la lástima, sin el terror? Ella eligió el humor, el amor y el cine como mecanismo de representación. Voy a matar a mi padre tantas veces como sea necesario para prepararme hacia lo inevitable pero de igual forma para hacerlo vivir cuántas veces sea también necesario.

Sin embargo pensar esta obra como una curiosa serie de registros falsos sobre la partida de un hombre es una manera de acercarse, pero no termina de explicarla. La idea de la muerte funciona aquí sólo con su anverso, es decir, él muere una y otra vez pero sólo para vivir. Porque a pesar del inevitable tono melancólico padre e hija celebran la vida en todo momento en cenas, aniversarios y paseos a la playa, haciéndole frente al futuro que parece avanzar crepuscular e inexorable y por supuesto recordando mucho, que como todos saben, no es más que una forma de volver a vivir. Es una familia que ha sufrido tragedias y frente a una nueva responden con lo mejor que saben hacer, amarse. Una hija por amor quiere perpetuar la figura de su padre, un padre por amor quiere darle en el gusto a su hija. En este pacto se sostiene un relato que sorprende, emociona y por supuesto inquieta. Observar a un adulto perder su independencia trae el júbilo inverso del bebé que aprende a caminar.

«Descansa en paz Dick Johnson» puede tener múltiples lecturas pero es porque también está registrado así. Se ubica en un género indeterminado y va del cine al documental, del drama a la comedia, tiene al mismo tiempo mucho de backstage, su directora es juez y parte, rompe la cuarta pared, tira la cámara al piso y deja planos en negro para acercarnos a la fragilidad y la desmemoria. Hay un simbolismo cotidiano que se entrelaza con momentos donde la imaginación parece querer ganar terreno al presente y el olvido ensayando cuadros oníricos de una belleza técnica deslumbrante pero en la que no parece tampoco querer detenerse ni enfatizar. Porque a Johnson, una de las realizadoras más originales de la actualidad le interesa menos el cine que las personas.

En 2016, tomó fragmentos de los trabajos audiovisuales en los que había trabajado por más de 15 años, muchos de ellos de conflictos bélicos y dramas sociales, y presentó «Cameraperson», un muy particular y personal ensayo humanista donde entre referencias laborales y autobiográficas advirtió sobre los riesgos y las posibilidades del registro. La tesis de Johnson no es en absoluto nueva pero logra refrescarla: que una imagen puede valer más que mil palabras pero nunca lo dice todo, que no sirve de nada sin su contexto y que por lo mismo, un plano puede al mismo tiempo denunciar o apuntar.

Y es en la resolución de aquel dilema que su último trabajo funciona. Porque supo burlar el morbo, la lástima y el terror ante la eventual partida del hombre más importante de su vida. Invita a un anciano a abrir su corazón golpeado y él le responde con la confianza de un niño entregado al juego y la aventura. Nadie rehúye el sufrimiento y es quizás por esa convicción que todos resultan intactos. Porque el trabajo de Johnson es ante todo un gesto de amor, respeto y mucha valentía. Ambos saben que el querer trae pérdidas y ganancias. El padre pierde la memoria pero gana una nueva relación con su hija. Ella pierde a su padre pero gana porque acaso comprende mejor que nadie que si quería seguir teniéndolo debía registrar su ocaso. Porque a pesar de que el cine es el reino de las apariencias y la representación, es también el único lugar donde paradójicamente todo parece permanecer para siempre. 

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