VAL

¿Cómo curas un corazón roto? se pregunta Mark Twain o Val Kilmer, que para el caso de esta película termina a ratos siendo un poco lo mismo y la respuesta la entrega el mismo actor con el documental más conmovedor del 2021.

La historia sobre cómo un artista tira su ego al tacho de la basura nunca ocurre, por tanto siempre es un buen punto de partida. Pero además VAL toma lugar de referencia en un género que si bien no inventa lo perfecciona. Se sustenta en una dirección tan sensible como abrumadora y construye una cinematografía que logra proyectar el sentido artesanal y cotidiano de la obra, particularmente a través del collage, los trazos infantiles y muchas cintas de video. 

Porque a diferencia de la mayoría de los documentales biográficos, aquí el protagonista está vivo y tiene guardadas 800 horas de cintas caseras para mostrar sin pudor toda su vida privada y profesional durante 60 años. Un artista, sobre todo un actor, nunca debe perder la vanidad, sólo aprender a dirigirla y dosificarla entre el verdadero amor propio y la falsa modestia. Es en ese punto dónde se detiene y comienza la obra.

Kilmer, quien alguna vez fue una fulgurante estrella del cine, hoy sólo ve las cenizas de todo eso. Entonces va recogiendo las imágenes (las miles de cintas) de su vida como pedazos de sí mismo tratando de ordenar y dar sentido a todo aquello que pareciera ahora no tenerlo. Recurre a sus recuerdos pero no para vivir de ellos. No se queda en el apego, el rencor ni los reproches. Confiesa una constante vida entre la comodidad y desafío. Porque su familia tenía dinero pero eligió el arte. Porque era guapo y tuvo que demostrar que también tenía carácter. Porqué tenía carácter pero también tuvo que demostrar que no era conflictivo. Y porque básicamente lo tenía todo y entonces perdió la salud.

Todo ese pasado existe como testimonio, una elocuente cicatriz hecha de imagen, es decir, tanto de luz como de sombra. Todo aquello que lo condena y lo redime. Sin ese espacio de honestidad y vulnerabilidad, VAL no sería más que un ejercicio desesperado de presunción y nostalgia. Porque después de todo viene de ganarle al ego, a la ruina y a la muerte pero no hay tiempo ni para el heroicismo ni para el peligroso cliché de la resiliencia, que mal llevada queda siempre tan cerca de la lástima.

Contar este documental sólo como una tragedia sería faltarle el respeto a la vida y sobre todo al mismo protagonista. Es una película acerca de la creación. Aquella pulsión vital que persigue a los verdaderos artistas más allá de todo contexto u obstáculo. Es una historia sobre la actuación, la verdad y la ilusión y la manera que encontró un actor para seguir expresando cuando ya no tuvo voz ni cuerpo para hacerlo. Y por supuesto, también una sobria manera de demostrarnos (de recordarnos) su profunda inteligencia, carisma y versatilidad. Todo eso que la facha y el cine comercial veces no nos dejan ver.

Es una valiente e inusual forma de testamento porque parece despedirse de todos y también, a su manera, de sí mismo. Sin embargo, no deja de mirar hacia el futuro, que es también en su caso una elocuente forma de la dignidad. Porque Val Kilmer, así como también Mark Twain, es un sobreviviente que tiene tiempo para contar una extraordinaria historia más.

Val
Ting Poo, Leo Scott
2021.

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