El Juego del Calamar: libertad, deseo y muerte.

A pesar de tener un final como la mierda ( esa vuelta por la revelación del viejo) el Juego del Calamar es una excelente serie. Muy buena. No va a estar entre las mejores de la historia por ningún motivo pero sí será ( ya lo es ) de culto. Los niños se disfrazarán para Halloween. Es además la serie más vista en la historia del streaming y hasta toallas se están vendiendo.

Un grupo de retorcidos poderosos arma una sociedad secreta para reclutar gente con problemas económicos y los hace competir por dinero en diferentes pruebas mortales, a veces entre sí, a veces contra ellos mismos. La idea de una competencia mortal no es nueva ni en el cine ni en las series. Gente que se mata por necesidad funciona muy bien como recurso ya que de alguna manera y como están las cosas hoy en día deja de ser una metáfora. Lo interesante del Calamar es su relativismo, por ejemplo sitúa la crueldad al nivel de la justicia. 

Ese desvarío moral juega, como en la sociedad, con los conceptos de libertad, deseo y carencia. «Ustedes son libres de estar aquí. Nadie los obligó». Y les ofrecen un juego basado en un improbable fair play. «Esta es la única oportunidad que tienen ante una vida de maltrato, de ser iguales y participar de una competencia justa». Justo es claro, aunque implica matarse o matar a otros. El individualismo, como en todo, se pone a prueba. Sólo pueden abandonar la competencia si la mayoría está de acuerdo con hacerlo. Por supuesto no hay acuerdo. Y el individualismo, como en todo, se impone. Es un relativismo de aquellos en un mundo creado en una isla lejana con escenarios tan infinitos como perturbadores. 

Hay espacio también para una crucial paradoja: la serie es un gran guiño a la infancia con juegos y escenarios, pero todo cuanto ocurre marca el fin de la inocencia. El juego del Calamar se parece a nuestra sociedad en tanto promesa y fraude. No hay oportunidades para todos y ese mundo alejado y secreto por muy justo que se venda, tiene dueños, y muy poderosos, los mismos que mandan en cada una de las ciudades de dónde salieron los participantes.

Pero El Juego del Calamar es también un volón visual y ahí radica la otra parte de su encanto. Una de las oportunidades que presentó la arremetida del cine coreano en los últimos años fue recordarnos que por esos lados la estética es por donde comienza buena parte de su cultura. En el cine clásico que amamos, Kurosawa, Mizoguchi y otros, aquello ya era conocido y reconocido. Sin embargo, como la narrativa se tomaba los tiempos del cine de autor la mitad de la sala se quedaba dormida. Hoy los coreanos, la más occidental de las sociedades orientales, crean obras con esa agilidad que tanto gusta a occidente (ansiedad dirían ellos) pero además tremendamente estéticos. Crítica y la taquilla felices.

Dicen que se viene la temporada dos y seguramente también la tres. Pero dicen también que a su creador le tomó doce años tener lista la primera así que hay que tomar asiento y sobre todo, paciencia.

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