Gastón Herrera Cortés

Conocí a Gastón Herrera siendo un niño o un adolescente. Como siempre, no pasó inadvertido. Tenía pinta de poeta francés y una casa dónde en vez de muebles había una trinchera de guerra y un cartel que decía letrina en la puerta del baño. Tal vez haya sido aquello la escenografía de una obra. No recuerdo las respuestas que nos dio la anfitriona, su hija Tamara, mi compañera de curso. Todo en él me parecía extravagancia. Entonces yo no interiorizaba aún los conceptos de arte o del artista, que es lo que hacía y lo que fue. Para mí era sólo el papá raro de una amiga. El que cuando aparecía en reuniones de curso hablaba con una voz modulada, el histriónico, el que vestía diferente. Pasó el tiempo y puso las cosas en perspectiva.

Debido a su incansable labor y su amor por el arte, me lo encontré después muchas veces: en las revistas y libros que editaba, en el programa de televisión que condujo, en algún escenario y sobre todo en los ciclos de cine que dirigía en la Biblioteca Municipal de Arica. Yo ya no vivía en la ciudad, pero las dos o tres veces que volvía por año me dejaba caer ahí y retomábamos la conversa. Al final de cada función había un diálogo en torno a la película pero con él las cosas podían ir hacia cualquier lado. Le gustaba dialogar, contar historias, cada palabra buscaba tener su peso, el cuerpo decía el resto. Era sin duda un hombre de teatro. Y era muy difícil separar al artista del hombre. Todo en Gastón era una misma elocuencia y pasión. Me dio gusto con los años entender todo aquello que siendo un niño me había desconcertado, cuando después de casi tres décadas seguí algunos de sus caminos en la creación.

La veces que volví a verlo era una representación viva de la hidalguía y la dignidad. Se deterioraba poco a poco. Comenzó a caminar con un bastón. Llevaba años luchando contra su enfermedad y hasta bromeó alguna vez con ella. Pero siguió creando. Ante la opción de rendirse como un hombre común, prefirió la opción de vivir como un artista, hasta las últimas consecuencias. Y así se le veía caminar por 21 de mayo, erguido, con la estampa del Quijote real que fue.

Hoy finalmente descansa. Qué lindo que muchos de los homenajes y reconocimientos le llegaron en vida y qué lindo por sobre todo que una Biblioteca en Arica lleve su nombre. Todos los que emigramos pensamos y admiramos a aquellos que se quedan y eligen contribuir al desarrollo de nuestra tierra y él fue uno de esos imprescindibles. Mierda mierda para este nuevo plano, para el próximo escenario y para siempre, porque en almas como la de Gastón la función nunca se acaba.

Imagen: elmorrocotudo.cl

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