Cine de Guerra por la Paz

Apenas asomaron sus posibilidades masivo-comunicacionales, las maquinarias estatales y de guerra se valieron del cine para alentar a las masas hacia aventuras bélicas y de propaganda. En la primera mitad del siglo pasado Rusia y Alemania llevaron esto a niveles insospechados con los elogiados trabajos de Einsteinstein para la Revolución de Octubre o de la tristemente célebre Leni Riefenstahl para el nazismo. EE.UU haría lo propio con su fracaso en Vietnam, aunque con ejercicios la mayor de las veces derechamente burdos y mediocres. Sin embargo, a la par se fue desarrollando de manera menos espectacular la otra mirada, sin bandos ni héroes y a veces hasta sin culpables, sólo la locura como fatal protagonista. Desde las primeras proclamas pacifistas en los años veinte el cine ya no serviría sólo para justificar o alentar la guerra, sino también para condenarla, aquí algunos manifiestos contra el absurdo.

El Gran Dictador (Charles Chaplin; EE.UU., 1940) 
En plena Segunda Guerra, Chaplin se lanzaba contra los totalitarismos y su película fue inmediatamente censurada. Su caricatura de Hitler pasó a la historia haciéndolo jugar con un globo terraqueo como un niño o emitiendo histéricas arengas en una lengua indescifrable. Como era habitual no solo se encargó de casi todos los aspectos del filme, también la realización de dos papeles: la representación del patético Astolfo Hinkel (Dictador de la República de Tomania); y la de un barbero judio representando por Charlote, el inolvidable vagabundo aparecido por última vez en esta película que a la larga se convirtió en su primera cinta hablada. Después de “Tiempos Modernos”, Chaplin seguía riéndose de su tiempo y reafirmaba su postura humanista. “Sois hombres, no máquinas…”, les decía a los soldados en un discurso final que hasta el día de hoy se vende en posters y se reproduce profusamente como manifiesto a favor de la libertad

La infancia de Ivan (Tarkovski; Rusia, 1961)
La primera película de Andrei Tarkovski fue una historia de guerra sin un solo disparo ni enfrentamientos, sólo un niño espía ruso intentando cruzar una frontera y soñando a veces con su familia muerta. Toda la poética de la obra tarkovskiana se distanciaba diametralmente del populismo épico y heroico que el sistema soviético venía produciendo y reproduciendo a través del cine y su propaganda fílmica. El realismo socialista daba por fin paso a la poesía y la libre introspección frente a las imágenes y aunque Tarkovski sufrió los rigores de la crítica ortodoxa ante tal atrevimiento, con este trabajo filmado antes de los treinta años obtuvo más premios que con cualquiera de sus otras seis obras maestras, una férrea defensa pública por parte de Sartre, que incluso hablo de un “surrealismo socialista” y la famosa cita de Ingmar Bergman respecto del impacto de su cine: “Toda mi vida he golpeado las puertas de un cuarto en el que él se pasea libremente”. Insuperable.

El Francotirador (Michael Cimino; EE.UU., 1978)
Mucho antes que “Pelotón”, “Nacido para matar”, incluso antes que “Apocalipsis ahora”, esta película expuso el legado psicológico de Vietnam en la población arrastrada hacia la guerra: tres amigos de un pequeño pueblo en viaje sin retorno hacia Saigón. El primer examen público post-guerra era brutalmente político incluso sin serlo del todo; y a pesar de que en los años venideros Hollywood no haría más que justificar la guerra con innumerables e insólitas cintas vía Chuck Norris o Stallone, esta fue la primera bofetada que aceptó en silencio y que además condecoró con un montón de premios. La escena de la ruleta rusa sigue estando entre las más intensas que ha dado el cine norteamericano.

El huevo de la serpiente (Ingmar Bergman, Alemania – Estados Unidos, 1977)
De todas las películas que denunciaron el holocausto nazi ésta fue la primera que se lanzó hacia los orígenes. En la Alemania de los años veinte, la pesadilla comenzaba para algunos ciudadanos de Berlín expuestos a extrañas circunstancias. Una película diferente dentro del sello Bergman y cuya convencionalidad en el relato redujo el interés de la crítica. Sin ser la mejor obra del más importante de los cineastas suecos, es profunda y muy potente por sí sola, como casi todas sus películas.

Antes de la lluvia (Milcho Manchevski; Macedonia, 1994)
Un viaje a su Macedonia natal en medio la guerra civil provocó el primer gran largometraje de Milcho Manchevski. “Palabras”, “Rostros” e “Imágenes” son tres relatos que dan forma a una película asombrosa inspirada en una guerra pero que se abre hacia la universalidad de la incomunicación, la intolerancia y el amor como respuesta y salida. A través de la revisión a modelos míticos de Shakespeare y Homero, “Antes de la lluvia” es una película llena de símbolos, una gran metáfora sobre lo que siempre está por ocurrir, una ventana hacia la esperanza y también uno de los guiones más inteligentes y sorprendentes que dio el cine europeo de los noventa.

Underground (Emir Kusturica; Bosnia, 1995)
La historia de un hombre que mantiene escondido a un grupo de personas diciéndoles que la Segunda Guerra continuaba provino de una pieza teatral escrita hace más de veinte años antes por Dusan Kovacevic. Este fue el punto de partida de Kusturica para concebir la más grande ópera-rock del cine moderno. 50 años en la historia de un país que ya no existe y todo el despliegue de un cine absolutamente revolucionario y necesario para el fin de siglo pasado. Difícilmente haya algo ni remotamente parecido a la cuarta película de Kusturica, una obra única y completa por donde se le estudie y uno de los homenajes más bellos y honestos que un hombre pudo hacer hacia su tierra. 

En tierra de nadie (Danis Tanovic; Bosnia, 2001)
Si Kusturica era la fastuosidad esta comedia negra sobre la guerra de Bosnia fue una clase maestra sobre la simpleza en el cine. Danis Tanovic se valió de dos actores y una trinchera para construir una obra total y contundente. “En tierra de nadie» es un ejercicio de estudio notable sobre la estupidez de la guerra pero también un examen rotundo hacia la responsabilidad de todos nosotros, con alegatos contra los medios y los cascos azules y un final que nos hace salir del cine con la cabeza hacia abajo, tremendamente derrotados. Una historia absurda pero real y por ello, trágica,

Paraíso Ahora (Hany Abu-Assad; Francia-Alemania-Holanda-Israel, 2005) 
Algo que le cuesta mucho al cine occidental de guerra le sobra a esta obra sobre dos palestinos que han sido elegidos para una misión suicida: la simpleza y respeto. Una historia que funciona tanto como película o documental y que explora el fanatismo y la violencia de décadas encarnadas en la última noche de dos amigos antes de inmolarse. “Paraíso ahora” aborda con gran sencillez la complejidad de uno de los conflictos más antiguos del mundo y se alza como una verdadera clase de suspenso, personajes y preciso humor negro, con escenas de antología como la parodia a “La última cena” de Leonardo o el plano final, que al igual que en “El último día” resulta absolutamente inolvidable y perturbador.   

Mandarinas ( Zaza Urushadze; Gerogia – Estonia, 2013)
Con la guerra de Abjasia de 1992 como fondo, esta película traslada el conflicto a la cabaña de un solitario granjero que busca intervenir el curso del presente quizás para encontrar consuelo de un doloroso pasado cuando decide cuidar y proteger a dos combatientes de bandos opuestos. Todo el dolor y la esperanza de una guerra se concentra en su mirada y sus acciones que van construyendo a contrapelo de lo que las bombas y las balas devastan. Mandarinas es un breve ensayo sobre la bondad, donde el silencio, la fotografía y el paisaje son protagonistas a la par de un Lembit Ulfsak que está inconmensurable. A pesar de una que otra obviedad de su guión, es una de las obras más emotivas que he visto en toda mi vida.

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