Punto de Encuentro: memoria, ficción y realidad.

¿Cómo seguir contando la Dictadura? ¿Cómo equilibrar la eterna deuda de justicia y reparación con la necesaria actualización de los relatos? A veces las respuestas llegan sin saberlo. A veces vas por una película y terminas siendo parte de ella.

La cosa partió así. En 1975, Luis Costa y Alfredo García caen en manos de la DINA. Desde el momento de conocerse, con una venda en los ojos, en una celda de un metro cuadrado, estallan coincidencias que hacen que por el pánico y la inquietud se cuelen la la ternura y también algo muy parecido a la amistad. Ambos eran de Valparaíso, miristas. Ambos habían caído en un punto de encuentro y ambos habían sido padres hace menos de un año. Tras dos semanas que parecen una vida sólo Luis sobrevive al infierno. Alfredo hoy es uno de los miles de desaparecidos que dejó la Dictadura.

Casi 50 años más tarde, las coincidencias continúan y la vida junta en amistad ahora a los hijos de ambos, Paulina Costa y Alfredo García. Ambos además son cineastas y ambos han decidido contar esta historia a través de una película. Pero lo que sería el acercamiento a una memoria terminó tratándose también sobre el presente, con tres generaciones involucradas y el estallido de octubre como fondo. Una realidad tan elocuente que no pudo ser contenida por los límites de la ficción y entonces «Punto de Encuentro», favorablemente, se transforma en otra cosa y de paso, en una de las mejores películas del cine chileno.

El rigor de las grabaciones de pronto enfrenta a los actores con los personajes de carne y hueso antes, durante e incluso después de que el director diera la orden de cortar. Luis Costa sube al taxi desde donde el actor que lo interpreta acaba de ver por última vez a su esposa e hija antes de su detención. La cámara ha seguido grabando y lo que ahí ocurre pulveriza la idea de cierto cine como lo conocemos.

En otro momento, Silvia, la madre de Alfredo, no quiere que el personaje de su ex marido se termine. Quiere verlo un rato más antes de que vuelva a desaparecer. Una película como un sueño, tan cerca siempre de la maravilla como del desgarro.

El cliché del cine dentro del cine queda corto y es entones que la obra cobra el mejor de sus sentidos y se define a sí misma en un género cuya honestidad se impone a lo improbable.

«Punto de encuentro» fue posible en gran parte gracias a la enorme generosidad de sus protagonistas. A la valentía de dos familias en busca de los momentos y las imágenes que una Dictadura les quitó.

Entonces el punto de encuentro pasa de ser el lugar del adiós al del reencuentro. Es además desde dónde empezar a pensar en la reparación. Y el punto de encuentro, por cierto, es también esta película.

Es provocadora porque interpela a espectadores, protagonistas y creadores por igual. Es atrevida porque apostó a un formato que fueron descubriendo en cada encuentro y despedida. Es intensa porque la impunidad lo es. Y es necesaria claro, porque necesaria es la memoria.

«Punto de Encuentro» es una obra imprescindible no porque sea perfecta (cosa imposible en el margen de sus impredecibles posibilidades) sino porque en su emotividad regala algunas de las más memorables escenas que se hayan producido en el cine chileno y ¿qué es el buen cine, después de todo, si no un gran puñado de ellas?

«Punto de Encuentro»

Roberto Baeza; 2022.

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