Recogida de la enera

Acontece mediados de enero. Y he llegado después de un año como el peregrino, como quien ha visto su estrella en la arbolera, porque hemos esperado probar la pulpa verdadera, la extrañeza cristalizada de esta tierra: ¡En el manzanal se derrama la «enera» primeriza, la fruta tempranera!

Dejo entonces los trabajos de la huerta, y hago el sendero llamado por la manzana emborrachada, cuya fragancia es acentuada por alguna llovizna furtiva, la bruma, o el rocío, y levantada por el intenso sol del mediodía, como un largo bostezo hacia la anochecida.

Cuento que este árbol carga sus ramas como racimos de uva, que se agachan de pesadas hasta el suelo. Antes han caído algunas verdes o inmaduras, al estorbarse entre sí por su increíble abundancia; pero luego, en lo que resta del mes primero, ya solo cae a carretadas la enera madurada, que se amontona alfombrando las quintas.

Rondo entonces el dominio de su enramada, en los bordes donde ya se fermentan cobrizas las asoleadas, rondo el fascinante dominio de su aroma. Y calmo avanzo en tanta luz derramada, porque en muchas partes no hay donde poner una pisada, y a tientas me interno en el sombrerío embriagado de su copa. Deambula mi vista en tamaña generosidad cristalizada: la mayoría son medianas, algunas grandes, esféricas globosas; son amarillas cremosas, y algunas más menos de rojizos pintarrajeadas, amarillas pálidas recién precipitadas, e intensas cuasi doradas las sobremaduradas. Es sabido que no es manzana de guarda, por eso nadie se sube a buscarla escogida; y tampoco es chichera, por lo cual no se le varea. Así las cosas, su mejor fruta es la recogida.

Hago camino también hacia el tronco magnífico, y palpo su musgo, los líquenes, busco sobre mi cabeza alguna calahuala. Pienso en mi abuelo que los plantó, en mis bisabuelos, abandonados en el hueserío. Y esta enera es un misterioso suspiro del verano, que meditarán los peregrinos del tiempo.

Saliendo de su enramada me inclino, reuno para mi noche en una prenda improvisada. Tomo una algo pasada, mastico su firmeza disminuida, ligeramente crocante, trituro su blancura un tanto amarillada. Y se me ofrenda su dulzor en medianía, escasamente ácido, tan extrañamente amembrillado.

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