Hace 20 años se estrenó «Crossing the Bridge: The sound of Istambul» (Fatih Akin, 2005), un verdadero documento histórico donde el más famoso director turco alemán explora la diversidad de tradiciones musicales presentes en Estambul a inicios del presente siglo. Este trabajo marcó un hito en la producción de un cineasta que desde su debut indagó en las problemáticas asociadas a la vida de turcos y otros inmigrantes, y de sus descendientes, en Alemania, junto con su permanente relación con la tierra de los ancestros. A lo largo de la filmografía de Akin encontramos que ese suelo ancestral es visto muchas veces como un anhelo, una idealización, un destino al cual acudir en momentos de crisis, como una especie de oasis mental.
Es cierto que Fatih Akin ya llegó a la cincuentena, sin embargo, desde un punto de vista profesional, podemos considerarlo mayor aún, un verdadero veterano, ya que comenzó a filmar precozmente, consolidando un nombre a través de una intensa producción de películas que dan cuenta de sus intereses y su universo cultural, utilizando para ello géneros tan diversos como el drama, el thriller, la comedia, las películas de viajes, películas sobre procesos de maduración (coming of age, según la convención actual que define todo mediante anglicismos).
Su interés por el documental también se evidenció precozmente, con documentales centrados en su propia familia, en los cuales se observa un interés por el registro, sin profundizar mayormente en las posibilidades cinematográficas del género. Sin embargo, Cruzando el Puente: El sonido de Estambul, es otra cosa, es un documental que nos informa y encanta a la vez, hecho por un director que ya es lo suficientemente manejado como para advertir que lo que nos muestra está filtrado por el apego, por lo cual, cuidar la luz y los encuadres no es algo artificioso, sino un signo de honestidad que permite facilitar un acercamiento más directo y emotivo a ese universo sonoro diverso e intenso.
Si bien Cruzando el Puente es un documental con todas las de la ley, tiene un protagonista que se mueve por la ciudad, e incluso ocasionalmente sale de ella, para explorar parte de las tradiciones que mantienen músicos que trabajan predominantemente en Estambul. Esa figura es como un ancla, es el típico personaje que también vemos con frecuencia en películas de ficción, que permite aproximarnos a mundos particulares, marcados por un oficio, una identidad cultural u otros aspectos identitarios. En este caso el personaje que nos permite ir conectando con representantes de distintos estilos musicales e incluso culturas, es el músico alemán Alexander Hacke, quien, conectando con sellos independientes y con colectivos diversos, nos irá mostrando exponentes de música tradicional, experimental de vanguardia, música urbana políticamente comprometida (hip hop, punk), divas y divos de la canción romántica y pop, música gitana, kurda, rock, y el llamado “arabesco”, denominación que alude a la influencia árabe en la música turca moderna y contemporánea.
El documental no profundiza en la dimensión política, sin embargo, deja entrever tensiones y pugnas presentes en la sociedad turca, que inciden en la valoración, visibilización e incluso posibilidad de expresión música. Como ejemplo, junto con la visita a la anciana diva de la canción que fue desde su infancia mimada por el padre de la Turquía moderna, Ataturk, se registra un encuentro semi clandestino con Aynur Dogan, una cantante kurda que da cuenta del acoso que ha debido sufrir a causa de expresar su identidad cultural a través de la música. A su vez, durante todo el documental se menciona bastante a Erkin Koray, considerado el padre del rock en Turquía, y gran exponente de lo que más tarde se ha llamado Psicodelia de Anatolia y, si bien, es evidente la valoración hacia su figura de parte de las generaciones más jóvenes de rockeros, uno de ellos, el carismático Siya Siyabend, esboza una crítica en cuanto a su conocimiento real sobre la dureza de la calle, algo que él conoce de manera mucho más intensa y por ende menos romántica.
Quizás es esa heterogeneidad, esa yuxtaposición de expresiones y de artistas consagrados junto a otros mucho más precarizados, tradicionales, rupturistas, sofisticados, callejeros, lo que hace que este documental siga siendo atractivo y altamente recomendable. De hecho, en tiempos en que la aplicación de fórmulas estandarizadas maqueteadas, que eliminan posibilidad de creatividad o de pertinencia cultural, gracias a la lógica de mercado que concibe la producción y difusión de música de un modo similar a la producción de alimentos ultra procesados, es más importante que nunca recuperar la apertura y acercarse a las escenas musicales en universos culturales complejos.
La versión restaurada de Crossing the Bridge nos permite entrever que existe mucho más detrás de lo que las industrias musicales nos quieren mostrar como plato único, abundante en su perpetua repetición: recetas “musicales” altas en grasa y muy, pero muy bajas en nutrientes.