Cuando era un niño de 10 años, influenciado por mi querido primo Mauro, comencé a escuchar heavy metal. En ese mundo la figura de Ozzy era fundamental y por supuesto más allá de la música. El sentido del espectáculo desarrollado era demasiado, no teníamos ningún respeto por la paz y nos fascinaba el mito de que comía murciélagos vivos.
Su vida era otro tanto, Ozzy no era un loquillo, derechamente estaba más loco que la cresta y cada movimiento fuera del escenario también formaba parte del espectáculo. No íbamos a perder el tiempo separando entre lo verdadero y lo falso. De todos modos nosotros queríamos creerlo todo.
La historia sobre el tatuaje azul de su pecho la aprendí de memoria. No sabía entonces lo que era jalar, pero suponía que se había «comido» las cenizas de su padre y unas hormigas en un «campeonato» con Motley Crüe, otra de mis bandas por esos días. Lo de las transfusiones de sangre permanentes para volver a quedar tikitaka eran algo que nos hizo ubicar al artista por encima del mismo Terminator.
Aprendí a querer a Ozzy por los motivos equivocados. Me gustaban sus canciones pero más me llamaba la atención su mitología. Black Sabbath para entonces sólo era un nombre secundario de la historia. Muy pronto en esa época el Glam Metal se comió al Heavy en términos de mercado y era por tanto lo que llegaba en medios y disquerías de este lado del mundo. Fue por esa levedad y circunstancia también que conforme fui creciendo me fui alejando de todo eso debido principalmente a que la estética chillona y parafernálica a veces resultaba más relevante que la música y yo ya empezaba a estar en otra.
Ozzy entonces quedó estancado como referencia y pagaron también el pato otros favoritos y menos estridentes como Iron Maiden o Judas Priest. Pero atravesando la adolescencia comencé a escuchar Grunge y eso me llevó al Hard Rock, donde grupos como Led Zepellin o Uriah Heep me llevaron inevitablemente a Black Sabbath. Ahí me reencontré con toda una forma de hacer música y situé a Ozzy ahora sí, en su contexto y podio, como el artífice de un estilo, el poseedor de un timbre único, el músico que ensanchó los límites del Metal hacia lo popular y también por supuesto como un sobreviviente.
Entonces aparecieron sus álbumes noventeros y fue mi abrazo definitivo a todo aquello. Me encantaba la producción musical de esos discos. A Sabbath se le escucha en vinilos, pero al Ozzy de los ’90 en CD. Sonaban tan bien con el alto rango dinámico que permitía esa tecnología, su voz todavía intacta junto a músicos que tocaban Heavy Metal con la clase y precisión de un disco de King Crimson.
Sin duda fue mi etapa favorita. Aun cuando en los ’80 demostró que podía pararse y muy bien fuera de Sabbath (teniendo además en Randy Rhoades un partner que te dejaba con la boca abierta) los ’90 lo encontraron en una madurez tanto personal como musical y tuvo en Zack Wilde un genio que lo ayudó a construir definitivamente un nuevo sonido. Rodeado de jóvenes como Mike Inez y maestros legendarios como Rick Wakeman, Ozzy dejó dos contundente discos de estudio y quizás los últimos grandes clásicos de su carrera.
La etapa noventera y por supuesto todo lo que hizo con Sabbath, la banda que oscureció el rock y el blues para darle luz a mil estilos más en las sucesivas décadas. No por nada Geezer Butler también lo acompañó entonces y además fue por ese tiempo que la formación original volvió a unirse para girar.
Mientras tanto, bajo el escenario Ozzy fue progresivamente bajando revoluciones. Los ’80 fueron un punto de no retorno a ciertos excesos y la crisis matrimonial fue su más grande riesgo, más allá de todas las adicciones. El susto fue incomparable y no era para menos. Sharon Rachel Levy no sólo fue su más grande amor, fue también la mujer que, según el propio Ozz, hizo posible que estuviera vivo y que lograra gran parte de lo que hizo.
En paralelo a todo eso, su nombre dejó de figurar en escándalos y comenzó a aparecer ahora en organización de festivales emblemáticos, programas de televisión de talento y hasta un reallity. Toda esa forma del espectáculo que Ozzy nunca perdió. Por supuesto no ví el suyo, pero me sirvió para criticar el formato sin perderle el cariño al hombre, «No vi el de Ozzy y voy a ver ese reallity».
La marca Ozzy no fue muy relevante para el relato, al menos para el que a mí me interesa. Cuando aquello ocurría ya Ozzy había atravesado la historia a punta de canciones y discos inolvidables, además de un carisma de leyenda. Y fue así cómo finalizó todo, como debía ser, con música, con canciones inolvidables, arriba de un escenario y no en un set de televisión, en un concierto que vendió 45 mil boletos en 16 minutos.
La tarde del 5 de julio de 2025 fue la verdadera despedida, la que él quiso y preparó, en su Birmingham natal. Ahí, rodeado de amigos, artistas y fans que lo acompañaron en un último aliento musical, regresando al origen, plantándole cara a la eternidad. Ya no importaba lo que ocurriría 3 semanas después. Podían haber sido 3 meses o 3 años. «Mama I´m coming home» ante un estadio desbordado hizo llorar a medio mundo y a un género que nunca se ha acostumbrado a hacerlo.
Fue también una nueva muestra de su insólito aguante físico, porque no era normal lo que estaba ocurriendo. Ozzy tenía tremendas dificultades para hablar pero ahí estaba cantando. Ozzy ya no podía caminar pero no era esa la razón por la que permaneció sentado durante el concierto, aquello no era una silla si no su legítimo trono como Príncipe de las Tinieblas o de la Inmortalidad, etiquetas grandilocuentes como todo lo que lo rodeó.
Porque Ozzy debió haber muerto hace 40 años según todos los médicos del mundo y sin embargo ahí estaba ahora, liderando uno de los espectáculos musicales más importantes de los que se tendrá memoria.
Es que después de todo él nunca fue un hombre de pronósticos. Su historia es la ópera rock de un destino improbable, sin moraleja pero lleno de genialidad y esperanza. El niño abusado a los 11, que dejó la pobreza de la casa natal a los 15, que conoció la cárcel antes de los 18 encontrando por fin en el arte el calor y el abrazo, y fueron, la música y el escenario, su verdadero hogar y tumba para siempre.
Imagen: Brian Rothmuller / Icon Sportswire via Getty Images