Debo reconocer que por harto tiempo no había pescado este libro sobre Sergio Larraín, uno de mis fotógrafos favoritos. Seguramente porque mucho de lo que se escribía terminaba siempre sucumbiendo a lo mismo: la admiración por la obra y la fascinación por la transformación mística del personaje. Yo también así lo hice en un texto al momento de su muerte y que ahora después de esta lectura rescato sólo parcialmente. Por esos años también me regalaron el monumental «Fotógrafo Vagabundo» y con eso me bastó y me sobró por mucho tiempo: estaban los escritos de Agnes Siré y Gonzalo Leiva, varias cartas y poemas, casi la totalidad de sus fotografías publicadas.
Tampoco había leído a Catalina Mena, ni la conocía ni tenía referencias suyas salvo lo del vínculo familiar. El resto fue prejuicio, algo que siempre se ubica cerca de la tontera o la pérdida de tiempo. Ahora que me decidí a comprarlo siento que no sólo disfruté de un gran texto, lo más importante es que descubrí una escritora. Siempre es más difícil encontrar buenos autores o autoras que buenos libros.
«La foto perdida» es, como su nombre lo sugiere, una búsqueda. Obviamente la foto es Sergio, un tío que en sus palabras, «desaparece del álbum familiar a fines de los setenta». Hasta ahí ninguna sorpresa, su famosa mitología consigna y casi inicia con esa distancia, sólo que ahora se nos devela la otra parte. Catalina sigue el rastro de un hombre que no conoció y del que tenía referencias paradojales: por un lado un fotoperiodista de fama mundial, por otro alguien por el cual muchos en su familia recordaban, cuando se permitían hacerlo, con una mueca en la cara.
Lo que encuentra entonces y lo que escribe, no es tanto una biografía como la historia de un nudo familiar. En este libro están las claves para entender un poco mejor a un artista, para desmitificar a un hombre devenido en ídolo y aspirante a monje, pero también para conocer y a ratos acaso compadecer a la aristocracia chilena del siglo XX. Una historia que abarca casi 80 años y diversos países pero que en realidad pareciera no salir nunca de la misma y vieja casa familiar.
Catalina Mena aportó una contundente y hasta ahora inédita mirada sobre el mito. Sólo por eso la obra ya defiende su tinta. Pero además en términos narrativos creo entusiastamente que el libro, acaso en sus propósitos, lo tiene casi todo. El rigor de una investigación periodística. La unidad compacta de un gran cuento o una breve novela. La autoridad de una memoria familiar.
Es una escritura pragmática y eficiente, sencilla y categórica en su particular originalidad: eludir todo lugar común. Breves crónicas y ensayos que se pueden leer como quien revisa un álbum de fotos, sin orden más importante que aquel que nos impone de pronto una mirada, la manera cómo se ordena un grupo ante la cámara o el énfasis de toda ausencia: ese lugar que ya no está, los bordes rotos del papel, el sepia que se desdibuja formando fantasmas.
Con todo y los límites propios del misterio, que son también los propios de cada baúl familiar, «La Foto perdida» contiene en su título la paradoja del hallazgo y en su cuerpo las preguntas y las revelaciones necesarias, dos o tres simbólicas imágenes y un puñado de cartas que anuncian 20 años antes el abismo y el resurgir emocional de un personaje ineludible.
«La Foto Perdida» pudo ser seguramente uno de los mejores libros publicados aquel 2021, no lo sé, ya a eso le perdí la pista, pero para mí al menos seguro va a estar entre lo mejor de este 2026.
«La Foto Perdida»
Catalina Mena; UDP; 2021.