Assata Shakur: Una luz que no se apaga

Assata Shakur ha muerto. Algunos medios internacionales han dado la noticia usando adjetivos como “heroína”, “pantera”, “ícono”… destacando que logró sortear la cacería de la cual fue objeto desde hace décadas, amparada por el régimen cubano. Es decir, una espina en el costado de todo “americano de bien”. 

Assata Olugbala Shakur, la mujer que lucha, que ama a su pueblo y agradece. Ese es el significado del nombre que se dio ella misma, afirmando su libertad mientras cumplía condena en una cárcel  estadounidense, condenada por la muerte de un policía (blanco), tras un juicio evidentemente injusto. Assata fue la primera mujer en sufrir confinamiento solitario en New Jersey, siendo señalada como terrorista altamente peligrosa, tras un enfrentamiento en la carretera con policías que la detuvieron junto a dos compañeros, aparentemente por llevar un foco en mal estado. En el incidente, poco claro, resultó muerto Zayd Shakur, su compañero, mientras ella quedó gravemente herida. Uno de los policías también quedó herido mientras el otro murió, baleado en la cabeza. Assata fue culpada de asesinar al policía Werner Foerster, a tiros. 

Assata se enfrentó a un juicio injusto, algo que a la fecha es secreto a voces. Para entenderlo, es bueno saber que históricamente, el país de la libertad ha mantenido un método que, a todas luces, alienta conclusiones basadas en prejuicios, donde el profesionalismo brilla por su ausencia. A grandes rasgos, la cosa es así: se conforma un jurado aleatorio constituido por personas elegidas “al azar”, las cuales, luego de haber asistido por obligación, a las sesiones en que exponen los testigos y expertos invitados por abogados defensores y acusadores, deben encerrarse a deliberar. Es como una especie de cónclave, donde estos ciudadanos deciden el destino de las personas inculpadas, poniendo en juego sus propias impresiones con, supuestamente, los datos objetivos que han conocido en los días previos. Esa supuesta imparcialidad ha sido puesta en entredicho desde hace muchísimos años, siendo la obra más emblemática al respecto la pieza teatral escrita por Reginald Rose: Twelve Angry Men (12 Hombres en Pugna), adaptada al cine en 1957 por Sidney Lumet. Ahí se muestra un caso en que el jurado alterna entre prejuicios clasistas y racistas, y una desidia que antepone las ganas de salir pronto “del cacho” que representa estar deliberando, a riesgo de perder la transmisión televisiva del partido de béisbol. En la película, el personaje encarnado por Peter Fonda logra, con inteligencia y carisma, imponer el sentido común y una base ética en ese grupo humano patético, logrando revertir la tendencia inicial, que se inclinaba de forma casi unánime por la pena de muerte de un adolescente incriminado de haber asesinado a su propio padre. Pero, es legítimo hacerse la pregunta… ¿Y si la persona inteligente y persuasiva fuera alguien que desea condenar a una persona, lograría revertir la tendencia del grupo, aunque esta fuera contraria? Evidentemente, sí. Pero bueno, ese es un tema para extenderse en otro momento.

Lo que pasó con Assata es similar a lo que pasó con Sam Cook, Huracán Carter, Leonard Peltier, John Trudell y muchos otros representantes públicos del resquebrajamiento del “negro sumiso” y del “indio derrotado” que con tanto ahínco la sociedad gringa intentó mantener, en un vergonzoso apartheid que contemplaba leyes racistas hasta hace unas décadas y aún hoy persiste en forma disimulada. 

Assata fue una líder política, militante del Black Liberation Army (BLA), con un fuerte orgullo afro, y una gran capacidad organizativa. Su figura condensó los miedos que hasta hoy gatillan pesadillas y disparos entre los estadounidenses blancos supremacistas, incluyendo a los que se autoperciben como tales, como los latinos por Trump. El miedo a la mujer liberada, el negro insumiso y el comunismo, todo junto. No es raro, entonces, que el jurado que la condenó, compuesto únicamente por hombres “blancos”, no haya reparado en que era físicamente imposible que fuera ella quien hubiera asesinado al policía, estando herida de gravedad. Era necesario incriminarla y encerrarla. Total, nadie diría nada cuando en la cárcel, se le negara atención médica, se le sometiera a tratos inhumanos y, con el tiempo, simplemente muriera “naturalmente”. 

Pero Assata no murió en la cárcel. Estuvo ahí 6 años y medio cuando logró escapar, en 1979, instalándose unos años después en Cuba, donde obtuvo asilo político. Ahí vivió por más de 40 años, hasta llegar a una muerte verdaderamente natural. En el intertanto, su legado se ha expresado en distintas obras y lenguajes. Alcanzó un status de culto en el Hip Hop, al ser tía y madrina del mítico Tupac Shakur, lo que derivó en que la comunidad del hip hop la conociera y reivindicara, destacando su lucha y defendiendo su inocencia. “A song for Assata”, compuesta por el rapero Common, es prueba de ello. A su vez, la documentalista cubana Gloria Rolando realizó “Ojos del arcoíris”, un documental donde la misma Assata expone sus ideas (1997). Más tarde, la película “Assata aka Joanne Chesimard”, escrita y dirigida por Fred Baker, fue exhibida en el San Diego Black Film Festival en 2008. En las artes gráficas, la figura de Assata, interpretada por artistas actuales se despliega a la primera búsqueda de internet. Su rostro nos mira, en medio de paraísos vegetales que evocan el mito de la África original (Nettie Beatrice) o en grabados que evocan los carteles políticos de mediados del siglo XX, realizados por Ricardo Levins Morales. 

Assata Shakur logró burlar al FBI y se mantuvo libre, pese a la recompensa de 2 millones de dólares que el gobierno estadounidense ofreció por su captura. Fue la primera mujer que Estados Unidos puso a la cabeza de los criminales más buscados, pero nunca lograron recapturarla. Por eso su figura sigue incomodando, porque es una derrota en el área que más le duele a gente como Trump, revelando que el poder estadounidense no es infalible, ni dentro ni fuera de sus fronteras. 

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